MÁS ALLÁ DE LOS MITOS ACERCA DE LA CALIDAD DESMEJORADA DE LA CERVEZA, PROFUNDIZAREMOS EN LA CAPACIDAD DE RESISTIR EL PASO DEL TIEMPO DE ESTA BEBIDA.

 

 

Un poco de historia El ser humano tiene una íntima conexión con los fermentos. Gracias al azar y, posteriormente, a base de ensayos de prueba y error, descubre que por la acción de la fermentación es posible crear alcohol y conservar la miel, el mosto de las frutas o los granos y las semillas. A partir de ese momento se crea una simbiosis que va más allá de la simple diversión o el consumo por placer. Representa para el ser humano primigenio, y para nosotros también, una fuente de calorías bastante significativa. Además, en sus principios la producción de cerveza constituyó una manera de purificar el agua, de almacenar los granos y sobre todo, de indicar la capacidad humana de tener una agricultura que va más allá de la mera subsistencia. Dentro de este contexto, la caducidad de la cerveza es un tema relevante que siempre genera dudas, escepticismos y mitos a su alrededor. ¿Se puede guardar una botella de cerveza para que adquiera mejor sabor, olor y textura? O ¿lo mejor es consumirla fresca, recién se compra? Veamos. Dos posturas Por una parte encontramos la postura que establece que la cerveza no caduca, que si bien tiene una fecha de consumo preferente, es con el paso de los años que muchas cervezas ganan carácter y sabor. Para los defensores de dicha postura la fecha de consumo preferente es una cosa muy distinta a la caducidad. Para ellos la cerveza con el tiempo evoluciona y se vuelve más compleja. Por otro lado hay quienes dicen que sí, que la cerveza tiene una fecha de caducidad. Que si bien es un fermento como el vino u otras bebidas, no se puede, ni se debe esperar se conserve de la misma manera con el pasar de los años. Distinto a lo que se puede pensar al tratarse la cerveza de una bebida con alcohol, esta actitud  


 

DENTRO DE LA DIVERSIDAD DE BEBIDAS FERMENTADAS ENCONTRAMOS LA KOMBUCHA, CUYA POPULARIDAD SE ENCUENTRA HOY AL ALZA. 

Las bebidas probióticas son líquidos que por la acción de la fermentación presentan cultivos y bacterias vivas que ayudan a mantener una flora intestinal sana. Es decir, a partir de agua, azúcares y levaduras se generan bacterias que ayudan al organismo. Dentro de este espectro de bebidas se puede hablar de una que por sus características se presenta como una de las favoritas del público actual: la kombucha. La kombucha es una bebida fermentada a base de té y azúcar. Esto significa que su proceso de elaboración es similar al de la cerveza, el vino o el hidromiel; ya que un microorganismo se encarga de transformar una cantidad de azúcar del líquido, en alcohol. Esto aumenta la capacidad de conservación del alimento y transforma el azúcar en material probiótico. Dependiendo de los procedimientos que se le apliquen a la bebida, como la llamada segunda fermentación, en ocasiones a penas se genera una cantidad significativa de alcohol, por lo que en países como España no se le considera bebida alcohólica. El hongo Aunque existe una idea generalizada de que el elemento responsable de la fermentación es el “hongo” SCOBY (del inglés Symbiotic Colony of Bacteria and Yeast y en español colonia simbiótica de bacterias y levaduras) la verdad es que este solo es el que permite la correcta inoculación de la kombucha. El verdadero arrancador de la kombucha es otra porción de la bebida misma. Sin hongo y con un trabajo previo con bebida ya hecha de kombucha se puede hacer más bebida. Pero con hongo y sin bebida previa no se puede arrancar el proceso de fermentación.