EL NORTE DE OAXACA

 

EXISTE Y RESISTE

 

POR SHAULA LUMINOF

 

 

Hay algo innegable sobre el estado de Oaxaca, y es que, sin duda es un paraíso de colores y sabores. Este hechizo atrapa a todos sin importar clase social. Desde sus playas doradas hasta sus montañas verdes que parecen alcanzar las nubes.

 

Oaxaca a todos nos conquista. Sus bebidas frescas hechas a base de cacao para sobrevivir al calorcito y para los que buscan algo más fuerte está el mezcal, esa bebida que por muchos años estuvo relegada y que ahora tiene su segundo aire.

 

Para llegar al estado pareciera que existe una regla: para alcanzar el paraíso hay que padecer. Aunque sea un poquito. Porque es bien sabido que sus caminos son largos, llenos de curvas, montañas, neblina, calor y eso sí, mucha belleza.

Pero no todos los rincones de Oaxaca han recibido el impacto del turismo y sus beneficios. Hay poblados como San Lucas Ojitlán, en la región del Papaloapan, que padecen cierto estigma por la violencia y sin embargo, tienen mucho que ofrecer en cuanto a paisaje, gastronomía e historia.

 

En la década de los 70 los pobladores fueron desplazados por la construcción de la presa, con el fin de contener inundaciones en la parte baja de la montaña, lo que significó el comienzo de un etnocidio, como ellos mismos lo nombran.

 

La cultura gastronómica se quedó sin gran variedad de especies del río, que habían sido el alimento de generaciones pasadas, como los langostinos, caracoles, peces bobo, y otras han disminuido considerablemente como las truchas.

 

 

 En San Lucas Ojitlán el calor pega fuerte, se siente una humedad abrumadora. La tierra es fértil y dadivosa. Estamos en una casa tradicional. La marimba suena estridente. Un grupo de niñas baila al centro del patio, todas con sus huipiles rojos de fiesta.

 

En un pequeño rincón una señora prepara tortillas, son grandes, como de unos 30 cm de diámetro color sol de primavera. Hay trucha fresca acabada de pescar. Será cocinada en hoja de pozol, sobre la leña con los ingredientes básicos de la comida mexicana; jitomate, cebolla, jalapeño, un poco de sal y pimienta, que serán suficientes para un sabor de ensueño, todo en equilibrio, en su punto. 

 

El grupo de mujeres que cocinó está a la expectativa de nuestras opiniones sobre sus platillos, pero ellas ya se hacen una idea: que la yuca con frijoles que nos ofrecieron tenía un sabor delicado. ¡Dios! ¿Qué estoy probando? Acaso mi abuela reencarnó y me trajo de nuevo su sazón, la única forma que ella conocía para demostrar su amor. El agua de naranja era perfecta, acidez y dulzor en balance. La trucha suave y jugosa. Las tortillas gigantes y sabrosas hechas a la leña.

 

Las mujeres quieren que hablemos de su pueblo, que contemos que al norte de Oaxaca también se come delicioso, que los ríos son hermosos y que se puede ir a pasear a la montaña y andar por la presa: “Por favor, díganle a la gente que San Lucas Ojitlán existe y resiste”.